miércoles, 16 de febrero de 2011

Caminata


Zaratustra se cerró en mis manos cuando el aire helado se coló por mi nariz. Giré y vi al sol iluminar a los robles florecidos por última vez, al menos esa impresión me queda. Las montañas que asierran el cielo se cubren de nubes apenas visibles. Los colores a esta hora del día son singulares, la luz extraña, suavizada por las nubes que gotean finamente, me golpea en la cara mientras el aire sigue helando cada vez más.

Hace ya unos diez kilómetros que el camino es de tierra, húmeda y olorosa tierra. Las piedras mojadas, expuestas por alguna corriente que no vi, brillan desde lejos anunciando a quien le incumba su soberbia presencia.

Mis pies descalzos besan las piedras redondas, como de río, y el lodo se introduce entre mis dedos causándome placer viscoso. La llovizna arrecia junto con el viento que pone a bailar a los árboles y pone en contra mía a las gotas, que insisten en golpearme con violencia y persistencia.

Lo disfruto. Caminar solo es divino, es casi como dejar de ser uno y ser, digamos, veintiséis. La verdad es que no sé donde estoy y no me preocupa.

En algún lugar del trayecto, mis huellas dejaron de ser de converse y fueron de pie humano. Seguro mis zapatos están aún ahí, junto al libro.

Anochece lentamente. Sobrevivo al ataque de unas avispas sin dañar a una sola. Dejé que mordieran y picaran lo que quisieran, al final, probablemente, me confundieron con un trozo de madera inerte (que llora) y me dejaron en paz. Tal vez las avispas no estaban muy equivocadas después de todos.

Mi camisa tuvo el mismo fin que los zapatos.

Pronto noté algo que debí haber notado antes. Los animales se congregaban para verme pasar, como si fuera una atracción extraña. Como ver pasar un circo frente a tu casa, un circo en silencio.

Las vacas, rumiando siempre, volvían sus cabezas hacia mí y no parpadeaban. Sus pestañas, magníficamente largas, no se atrevían a bajar. Me observaban desde el otro lado del cerco, a través de los alambres de púas, sin moverse.
Los caballos, más precavidos, seguían comiendo pero podía ver como sus gigantescos globos oculares me apuntaban y me seguían con sus bordes enrojecidos y sangrantes. Los perros ladraban normalmente y caminaban en dirección contraria, al tiempo que yo notaba que el sol ya no era parte de lo que era capaz de ver.

En lo oscuro, fallaba al intentar comprender por qué podía ver todo tan claro. Era capaz de ver los jiñocuabos, las avispas que me seguían expectantes y vibrantes. Los resoplidos incómodos de las yeguas los veía también, con extraordinaria claridad. Noté mi desnudez.

Vi luces salir de en medio de la montaña y decidí no seguir viendo, no vaya a ser y me decepcione- pensé. Preferí la paranoia, como siempre.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que la vi, en la claridad de la noche, de mi noche, a unos quinientos metros, caminaba también descalza observando a los lados, su pelo desordenado y los ojos con inmensas retinas se movían nerviosamente dentro de su cavidad. Venía desnuda.
Seguí caminando, pues no podía hacer más. Percibí el momento en el que ella reparó en mi presencia, no pareció asustarse e igualmente siguió caminando.

En un momento pasamos el uno junto al otro, a escasos centímetros, olía a barro y fuego. Mis piernas me arrastraron por la tierra húmeda hasta que el sol volvió a asomar entre las montañas, mas mi mente iba apagada. Me detuve y me senté en una piedra, húmeda aún, y lloré al ver los robles florecidos iluminados otra vez. Cerré mi ojo, pude ver mis pestañas magníficamente largas, vi mi posición con respecto al alambre de púas, la asumí y empecé a pastar.


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